martes, 9 de marzo de 2010

Atencion: Lost en vivo y en directo capitulo Dr benjamin Linus

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miércoles, 3 de marzo de 2010

11 de diciembre

Soy una sombra. ¿Así qué esta es la oscuridad? Cómo una sombra puede habitar en medio de la oscuridad, caminar en la nada, recorrer un vacio interminable donde no hay sonido, ni olor, ni nada ¿Cómo? Dejaría de ser sombra, claro, para serlo se necesita de la luz, que la luz se proyecte sobre un cuerpo y entonces aparecer finalmente como el reflejo intangible del ser, sus movimientos y todo su andar, lo que hace el resto del día en el trabajo, en la casa, en la cena. Pero si no hay luz, las sombras se apagan y se sumergen en una marea inmensa, y la atacan los miedos. Miedo. Sin hablar de más, lo mejor es abrir los ojos, para que la oscuridad se disipe, sólo son esos crudos instantes después de que un sueño se ha marchitado y los parpados se niegan a develar la verdad. Eso es, el techo. Otra noche bocarriba, al lado mi almohada enmugrecida. La sombra se levanta e intenta enfocar su vista pero todo es borroso. Como puede, a tientas busca en el piso sus gafas las cuales siempre deja allí después de una larga noche de lectura. Su mano choca contra un libro, luego contra otro, es una pirámide de libros en el suelo, la sombra lo sabe, hace tiempo que lee varios libros a la vez, para que los recuadros de su mente se refresquen con las escenas vislumbrantes que exponen los clásicos, se maravillen con las técnicas narrativas de los escritores contemporáneos y se exciten con las nuevas tendencias de vanguardia. Tres libros diferentes cada noche, un sola historia en medio de las tinieblas. Estoy ciego, prácticamente ya todo lo veo borroso, antes el problema era sólo una leve inflamación de retina, ahora mis ojos no se acostumbran a enfocar nada sin ayuda de las gafas. Un gallo canta. Genial, los gallos cantan a deshoras, a lo sumo deben ser las cuatro de la mañana. Prende la luz. No se equivoca, el reloj marca las cuatro y veinticinco minutos. Perfecto, piensa a sabiendas que no podrá conciliar el sueño de nuevo por temor a encontrarse de nuevo con esa soledad de las calles oscuras, las mismas con las siempre sueña. Prende la luz de su cuarto. El computador es un ente inmóvil en el escritorio, al igual que la pila de cuadernos en la mesa que queda justamente debajo de la ventana, los libros que he ordenado encima de mi escritorio a lo largo de tres años, una colección inconsistente de libros de guerra, y obras del boom latinoamericano y por supuesto Paolinni, Dan Brown y cómo no, Harry Potter. Las baldosas del piso se han hundido levemente, poseen fisuras que logran atravesar a veces dos de ellas en una misma línea, el colchón de la cama siempre se corre de esa extraña forma, hacia el norte quedando suspendido por fuera de la base. No sé cómo. Por eso me sorprende que hoy- y todos estos días- haya amanecido bocarriba, mi señora tía desde pequeño me dice que lo único que hago es moverme toda la noche en la cama. Por eso las tablas se remueven, se juntan generando ese extraño crujido al moverme de aquí para allá. Una vez recuerdo haber abierto los ojos sorprendiéndome de lo que veía, telarañas y pelusas, mugre por doquier, la extraña forma de un relleno escapándose por las grietas de una tela y madera carcomida por las polillas. Me había caído de la cama, y no obstante, seguí dormido y moviéndome hasta desplazarme debajo de ella. La misma sorpresa me llevé esta mañana, despertado bruscamente en medio de la oscuridad, tratando de entenderla, intentando enfocar mi desgastada vista un poco más allá de esta cárcel de carne y huesos. Nadie lo sabe, pero estuve a punto de decir esta cárcel de cuatro paredes, y pecaría de mentiroso al decirlo, no me siento tan recluso de esta habitación como si de este cuerpo flácido, pálido y larguirucho. Para salir de aquí sólo debo cruzar la puerta, y no sé qué tipo de rito he de realizar para desprenderme de esta mansalva bruma de pensamientos, quiero partir, porque soy una sombra y no me queda nada, a las sombras no les queda nada. La sombra se acerca a la mesa donde están sus cuadernos y sus documentos de la universidad, le llama la atención uno viejo que recuerda vagamente, le gusta hojear sus cuadernos antiguos, en busca de escritos que rescatar, reflexiones que modificar y embelesar, y quién sabe, de pronto poemas dispersos que añadir a su lista de objetos encontrados. Lo único que no le gustaba modificar eran sus poemas, encontraba profano el hecho de añadir o quitar así fuese por lo menos una coma o lo que sea de sus versos que encapsulaban momentos, instantes de su vida que le gustaría recordarlos intactos, tal cual como se reprodujeron. El cuaderno llevaba la fotografía de un alegre y confiado Piolín meciéndose en su columpio mientras Silvestre se alzaba detrás de él, con la mirada malévola y a punto de mandarle un raponazo. Lo recuerdo. Son de esa época en los que no quise comparar cuadernos muy varoniles, no porque mis gustos o mi personalidad en esa materia hubiesen cambiando, sino porque en ese instante en mi salón, los cuadernos femeniles se hallaban en su apogeo de fama, entre los hombres, es a lo que me refiero. Era para llamar la atención sobre nuestra sensibilidad, ésa que se hallaba perdida en medio de las constantes máscaras de inmadurez, ingenuidad y banalidad que ostentábamos. No sé para qué asignatura lo había designado, pues lo modifique intentando recrear un libro de cuentos. Cuentos. Un género literario que en algún momento desestimé y que terminé por convencerme de su gran potencialidad de expresión artística y la dificultad que suponía realizarlos, crearlos. El primero que hallé, curiosamente, fue el cuento que inspiro la novela en la que vengo trabajando desde hace unos meses. Lo cual demuestra mi incapacidad de generar un buen short tale ya que en ese caso, los hilos narrativos se disiparon y pronto ya la historia poseía vacios que se necesitaban rellenar, grietas y fisuras, como las del piso de la habitación que no dejaban que el texto se defendiera sólo. Los cuentos no necesitan ser extensos para ser excelentes. Los mejores relatos del género son de apenas dos cuartillas si mucho, se me viene a la mente el texto continuidad de parques de Julio Cortázar, los cuentos de Fayad y los de Benedetti, y en fin. Yo no pude controlar ese cuento, se convirtió en un manuscrito aun incompleto de trescientas páginas. Lo sigue el inicio de otro cuento que culminé en otro cuaderno, aunque no con todas las de la ley, fue sumamente agobiante, aun lo recuerdo. No es un género que se me dé con facilidad, todas las reglas de narratología básica deben ser expuestas en contados renglones, la acción debe ser rápida y fugaz, dejar un eco de solemnidad al dar giros sustanciales a la trama y desembocar en un final fulminante, que además de atar cabos para siempre, debe dejar atónitos y perplejos a los lectores. El famoso nockout. Después de unas páginas en blanco, mi vista se encuentra con un texto que ya había olvidado. Gracias a mi memoria de paloma, el cuento que estaba plegado en el cuaderno parecía haber sido escrito por otro, yo lo desconocía, se me hacia vagamente familiar, pero aún así me estaba adentrando como en un territorio desconocido, en una etapa de mi vida donde el escribir, más que un placer o una responsabilidad, era una válvula de escape, incontenible e inestable, que pretendía abarcar todo en una vertiginosa caída emocional. El relato está fechado con 7/12/07, hace casi ya un año. Increíble pero cierto, la lectura del cuento perdido me sorprendió por su torpe trama y estilo, por su manera escapista de no enfrentarse a retos más profundos. Aunque desde hace algunos meses sólo escribo sobre política, sea para mi novela o ensayos que publico en un semanario underground de la universidad, la técnica no se me es esquiva, es como si hubiese madurado un año entero en la lectura minuciosa de filósofos y pensadores, de políticos y líderes científicos, que habían incrementado mi acervo en materia de lingüística, de ontología, de filosofía del lenguaje, bla, bla esperando el momento de redescubrir la historia y modificarla a mi placer. Pienso en lo anterior en un instante, pero me detengo a examinar el personaje principal de dicha historia, una adolescente tímida. La noto frágil, atemorizada, debe estarlo por los sucesos que ha vivido, pero me deprime el pensar que la he entregado fácilmente al final, que no la he preparado como es debido, que la historia merece más que la línealidad superflua que la limita. No es cuestión de hacerlo a mi placer, siento que ya hay parámetros que no debo transgredir, por ejemplo, el enigmático nombre del texto-La sombra¬- que me deja perplejo, sobre todo por lo sesgado, lo direccionante y poco sugestivo que es. Quiero añadirle nuevas cosas, eso haré, transformaré este cuento, un gran festín de conmemoración, el aniversario de una obra inconclusa. Me pregunto sí siempre lo será, si toda mi vida me seguiré topando con esta clase de textos, inmaduros e insipientes, que merecen bisturí y espátula, si en algún momento he de respetar algo más que no sean mis poemas suicidas.
La sombra se levanta. Reconoce su cuerpo en medio de la luz poco cegadora de su habitación, el bombillo de ahorro fluorescente es más débil que los convencionales, pero ilumina, eso es lo que importa, piensa la sombra. Corre la puerta y sale al pasillo. Se detiene a observar los huecos tapados con cemento en la pared, que pertenecían al lavamanos, el del agua y el desagüe. Lo único que queda en el sitio es el espejo mediano clavado en la pared. Lo observa. Así que ese soy yo. No me reconozco, de quién es ese pelo, esa barba, esos ojos inexpresivos. Estoy acabado y sólo en la oscuridad, lo he perdido todo y no encuentro razones para seguir; quizá nunca las encuentre, qué más da. Todavía debo entregar algunos trabajos en la universidad, piensa. Lo mejor es bañarme e ir hacia el sitio, y allí podré continuar con el cuento. Continuar, después de un receso de un año, continuar. No sé a qué me enfrento. Tal vez es el reencuentro con una época que creía perdida, lo noto en las escasa cuatro páginas que dura el texto. Me pregunto cuantas haré ahora.

Extraño, es como si sintiera una energía peculiar que me atragiese hacia el cuaderno. Ya en el bus, no puedo evitar observar las ya descoloridas calles de la ciudad, la calle quinta que desfila solitaria ante mí. La mayoría de las universidades ya han terminado, sólo la pública-y la San Martin, creo- siguen en funcionamiento. Supuestamente extendieron el calendario porque hubo un receso de dos semanas mientras los indígenas protestaban exigiendo la presencia del presidente. Se dice que eran miles, y que se iban a alojar en la universidad, el rector se las había ofrecido. Genial, me digo, desinteresado un poco de las cuestiones implicadas. Nunca supe porque era que venían verdaderamente, si por la legalización de unas tierras, o por créditos de trabajo, o denunciando abusos del gobierno, no sé. Eso sumado al paro de los corteros, ha desestabilizado un poco las cosas por aquí, me imagino que la junta lo sabe. Paso lo de siempre, el gobierno les prometió algo que tampoco nadie supo, pero que seguramente no cumplirán como siempre, y los indios empacaron y se fueron. Todo normal, y nosotros sufrimos hasta el 18 de diciembre. Tengo que entregar un trabajo de observación para la materia del eje pedagógico de mi carrera. Con mucho esfuerzo, traté de mentir lo menos posible en el informe, valiéndome de la poquita ética que me queda de ex estudiante de Trabajo Social. El bus es viejo. Se tambalea por la vía llena de agujeros, pronto atravesamos la construcción inacabada del portal de Cosmocentro. Una señora se sienta en el puesto de al frente. El bus estaba lo suficientemente vacio para esta época del año, ya casi todos los estudiantes están descansando, excepto unos cuantos que sufren de la inclemencia de la agitación política en el país. Pienso un poco en el cuento que he de escribir. Hace rato que no escribo uno, no se me es familiar en este instante algún tipo de técnica que quisiera utilizar, aunque desde hace rato andaba persiguiendo la idea de hacerlo como esas series de flashbacks constantes, como Lost, pero más constantes. Es interesante, volver a escenas, mezclarlas, que no tenga una línea visible de tiempo. Y repetir escenas, excelente recurso, volver y volver sobre diálogos. Sí, ha de ser así. Cerca al batallón hay soldados apostados seis metros, con ametralladoras y fusiles, se les distingue el casco de transito. Inspeccionan vehículos sospechosos, nunca he sabido que criterio siguen, me imagino que requisan los más destartalados. Aunque no se salvan algún último modelo manejado por alguien de dudosa procedencia. La sombra mira tristemente por la ventana. ¿Esa es la oscuridad? No, es de día, está nublado pero el sólo ve oscuridad en las calles que pasan rápidamente de su vista, sólo puede apreciar soledad en los callejones incompletos que apenas alcanza a divisar, balcones con hortensias en las materas, la bomba de tanqueo de gas natural. En su mente cavila un recuadro incierto, la adolescente sumida en la penumbra parece aferrarse a su designio, le aumenta los inconvenientes, luego vuelve a repensar todo, convencido que será lo mismo de siempre, ideas grandiosas en su mente, y la incapacidad de plasmarlas en el papel. El conoce la dureza de una hoja vacía, que debe llenar, el problema es cómo si cada palabra pareciera estirada, como de relleno, la cera que cubre imperfecciones en el rostro de su creación. Qué tal un poco de luz. La sombra baja del transporte y camina a la universidad, donde entra por la puerta de los vehículos y se dirige hacia su facultad. Los naranjos y los robles lo saludan, también más allá algunos pájaros elevan un dulce e intermitente sonido que inunda sus oídos. El perro de la facultad se encuentra acostado a mitad de camino. La sombra le toca el lomo, susurra su nombre y el perro lanza un apagado ruñido. Sonríe. Debe entregar el trabajo en el despacho del profesor, ya tendrá tiempo de pensar en el cuento.
¿Cómo comenzar? Esa siempre es la pregunta, por lo general lo que menos cambio de un cuento es su inicio, pero el de este es muy malo. Se pueden hacer varias cosas con el inicio, pero por lo general a mí me gusta hacer dos: o agarra al lector con los primeros dos renglones, o extender la sorpresa unos cuantos más abajo. De todos modos se tiene que hacer. Por lo general, García Márquez utiliza este primer modo, lo vemos en crónica de una muerte anunciada, o en cuentos como la siesta del sábado y en este pueblo no hay ladrones. El otro estilo, lo usa más Vargas Llosa, en novelas cómo La ciudad y los perros y conversación en La Catedral. Piensa un poco en eso, da igual novela o cuento, se puede empezar sin jugar con el morbo del lector, no siempre es bueno atraer de esa manera ociosa y desenfrenada al público para que se devore una obra. No es necesario, conozco textos que solo empiezan a ser interesantes desde la pagina cuarenta- como El libro de Manuel- y aun así son obras de un valor inmensurable. El inicio debe ser propicio, pero tampoco debe ser complicado, nadie va a leer una cosa complicada. Entrar en ese debate siempre me genera un escozor en la piel, el escribir para aun público, en alejarme cada vez más del placer de que esas cosas salgan como de manera natural, de forma instintiva. Pero las de miles correcciones, maquillajes y mascaras con las que se adornan las obras literarias, más que un símbolo de su perfección, son un indicador del grado de prostitución al que ha llegado el arte, dependiendo solamente de una estratagema de consumo. Están pues, los escritores que fácilmente se venden al público, a la tendencia del momento, a lo que les genere más regalías, y otros, como lo dice Andrés Neuman, que moldean sus lectores, les exigen, los incitan a aceptar su style. Debes escribir para el que te lee, no para ti esa es una de las frases que más odia la sombra, quiere escribir también para su soledad, esa que habita en cada espacio de su ser, una tristeza longeva que se extiende hasta sus pensamientos, no puede dejar de observar sus diminutas marcas en la mano, tratando de fingir que lee su destino, cuando las líneas que han de estar, no están, eso es lo que llama la ausencia de todo. Cómo apagar esa llama inmutable del dolor. Oscuridad. Cierto, hace rato que la luz no aparece dibujando su arco en el firmamento, es como si se renegara salir de su escondite, mientras la sombra escribe rápidamente sobre un cuaderno en una mesa de estudio de la facultad. Fácil, piensa, discernir más allá de esos sonidos humanos, pero, cómo enfrentar lo otro, las preguntas de su mente, las de su oscuridad. O qué eran, qué querían. Se me ocurre la idea de mirar más el cuaderno, rápidamente hojeo y encuentro tres cuentos más. Son buenas historias, mal escritas. Me pregunto sí. No, no tengo tiempo de ponerme a modificar cuentos, tengo una novela a media marcha, por si no se me olvida, y el semanario. Por cierto la columna de esta semana iba dedicada al advenimiento de la feria de la ciudad, que aunque suene dispar una ciudad con feria, se hace y con recursos públicos. Revisando los mails que llegan de los lectores, se da cuenta de que el odio hacia tal acto abominable de despilfarro no es tan propio únicamente como creía, ciertas personas también aborrecen el evento, y agradecerían que no se hiciera política con él. Claro, entre eso y el nuevo plan de desarrollo, la ciudad se divierte mirando cómo pasa su vida por delante, mientras la sombra escribe más rápido, mientras su soledad se extiende por todos los rincones y calles, y habitaciones, sobre todo en esas, y las vacías…vacio…
Desde hace tiempo no le gusta terminar las cosas de un tirón, por eso al llegar a casa, decide culminar el cuento para el otro día. Ahora sólo descansa, se acuesta de nuevo, se levanta, no quiere seguir acostado, aunque ya el sueño lo vence, va y se mira de nuevo al espejo. Nada que hacer, se mira el alborotado cabello, las ojeras y las líneas de su frente –ya estoy viejo- Qué más da, otro día en mi vida, ni pensar que hay quienes creen que hago algo productivo, divagar, divagar, divagar. Y aburrirme, y transmitir el aburrimiento de mi vista gacha y mis comentarios envenenados. Por la tarde un grupito de neófitos le dio por armar debate cerca a los bloques de cemento de la facultad, apostados entre una especie de zona lodosa y la verja poblada de ébanos. Dijeron qué la futura patria socialista, qué el gobierno de los proletariados, qué la educación y de pronto las arengas se fueron hasta Cuba así que con mucha pena en el alma, tocó frenar las cuestiones soviéticas con el irrefutable argumento de díganme, maldita sea (el maldita sea se lo añado yo), que proyecto socialista ha triunfado en la historia. Ante esto, los primíparos recién iniciados en la oscura logia de guerrilleritos de kínder-garden no saben qué decir, se miran, sudan, maldicen entre dientes, se vuelven a mirar, y a punto de llamarme paraco o espia, osea qué su proyecto socialista no tiene un respaldo histórico. Qué importa, dice una pecosita, lo mas de dulce a fin de cuentas, nosotros escribiremos una nueva historia, y yo, feliz del rumbo predecible que había tomado la respuesta, sorprendido y con las cejas ya en mi nuca, ¿o sea qué ustedes se creen más capaces que hombres tan loables (la palabra loable terminó de achantarlos) como Stalin, Mao, Fidel, Lennin, Mussolini? Me imagino que su bagaje intelecto-político-social-económico debe de ser mas versado que el de tan ilustres mentes. Entonces viendo como están casi a punto de llorar, les explico fácilmente como todos y cada uno de los proyectos socialistas se han derrumbado, la la, la la la la, la y en cambio el modelo liberal, y las cifras de la economía japonesa, Koreana, Seul Alemania, maldita sea, lo que me remite al caso colombiano y el oligopolio y todo lo demás... Ay... Qué exahusto estoy. Ya es tarde. Me acuesto. Cuando estoy a punto de cerrar los ojos mi tía me abre la puerta señalándome qué Paulo, cómo vas a dormir en este calor, haceme el favor y abrís las puerta, ajá. Incómodamente veo el pasillo desde mi ventana; no me gusta la puerta abierta, siempre pienso que me va a saltar algún monstruo, el de alguna película o el de un videojuego. Por ejemplo, le doy cinco segundos para que uno de los secuaces del primogénito entre, y empiece a sonar esa musiquita cacorra de coros barrocos pseudo satánicos que ponen los pelos de punta señoras y señores, y esos brazos hechos navaja, contra mi cuerpo, mi garganta, la sangre cayendo a borbotones desde mis venas, empapando la cama, los libros, y al luz por fin... pero no... solo oscuridad. A lo mejor no es tan grave, solamente esa mujer de azul de esa película japonesa, la que deja pelos en todos lados, y se pone a devengar por entre mis cobijas, cuando menos lo pienso un bulto en mi pecho, investigo por entre la sabana y Voila, esos ojos petrificados y esas manos lánguidas sepultándome en el más allá, llevándome a no sé dónde ¿Ya habrá salido la cuarta entrega de la película? Antes que por la entrada empiecen a desfilar los personajes de la casa embrujada, me levanto y cierro la puerta, qué calor.